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Cuando se habla sobre Lanzarote, no se puede dejar de hablar de César Manrique, el artista de más renombre internacional que haya visto nacer la isla. Con su impresionante imaginación como pintor, escultor, arquitecto, diseñador, ecologista y urbanista, se puede decir que creó la Lanzarote que podemos ver hoy en día.

César Manrique nació el 24 de abril de 1919 en Puerto Naos, Arrecife. enía una hermana gemela, otra hermana y un hermano. Su padre era comerciante y su abuelo fue notario, con lo que los Manrique eran el paradigma de la clase media con cargas financieras. En 1934 la familia se mudó a la localidad norteña de Caleta de Famara donde su padre había construido una casa junto a la costa. Antes de estallar la Guerra Civil, en la que se alistó como voluntario en el bando nacional, pasó sus años más felices en esta casa de Caleta, que dejaría una impronta en su mente y que siempre recordaría con sumo cariño.

Sus experiencias en la guerra fueron tan atroces que se negó a hablar del tema cuando regresó a casa finalizada la contienda en 1939. Tras el período bélico, se matriculó en la carrera de arquitectura técnica en la Universidad de La Laguna (Tenerife), estudios que abandonaría dos años más tarde para dedicarse en cuerpo y alma al arte.

En 1945 se mudó a Madrid para estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, graduándose como profesor de arte y pintura. Consiguió fama en la capital de España, en París y Nueva York como aclamado artista y pudo exponer sus pinturas por toda Europa, así como en Japón y EEUU. Durante este período, también hizo amistad con muchos y famosos artistas del pasado siglo XX, además de conocer a Pepi Gómez, su futura esposa. Tras su muerte en 1963, Manrique se trasladó a Nueva York a trabajar, pintar y exponer algunas de sus primeras obras. Comenzó a sentir una gran morriña por su isla natal y finalmente regresó a su isla en 1968, con la intención de “convertirla en uno de los lugares más hermosos del planeta, dadas las infinitas posibilidades que Lanzarote ofrecía”. Y desde entonces, su isla se convirtió en su “taller” particular.

A través de su genio e inspiración, el patrimonio edificado se transformó en una serie de impresionantes obras maestras arquitectónicas, combinando con sumo ingenio las antiguas estructuras con lo moderno. Muchas de estas edificaciones acogen ahora excepcionales museos y galerías de arte. Con su brillantez, las extravagantes formaciones volcánicas, testimonio presente de la historia eruptiva de la isla, fueron adaptadas y convertidas en piezas de arte únicas, en completa armonía con sus orígenes naturales. Los increíbles juguetes de viento y los móviles, que se asemejan en ocasiones a colosales juguetes de colores, y el resto de asombrosas esculturas pueden verse por toda la isla. Una de ellas, incluso, le dará la bienvenida en el mismo aeropuerto.

César Manrique influyó enormemente en el Cabildo Insular, que le dio carta blanca para hacer cualquier proyecto que se propusiera. Según sus draconianas directrices estéticas, ningún edificio (excepto los campanarios de las iglesias) podría ser más alto que una palmera. El único “rascacielos” de la isla es un establecimiento hotelero de Arrecife que fue construido durante los años en los que el artista estuvo ausente. Asimismo, prohibió las vallas publicitarias en las carreteras, así como los vertidos de basura y los cables eléctricos al aire, debiéndose extender bajo tierra. También recomendó que todos los pueblos debían estar decorados de blanco y verde, o con el característico azul de las zonas costeras donde lo consideró oportuno. Por último, animó a la población a renovar sus casas y a mantener cierto comportamiento a la hora de salvaguardar el entorno.

Pocos conocían el lado más puritano de Manrique, que no bebía alcohol, no fumaba o no permitía que otros lo hicieran a su lado. Normalmente se iba a la cama temprano y se levantaba al amanecer para comenzar a trabajar. También era muy típico de él no aceptar pago alguno por crear los atractivos públicos de la isla. Su recompensa fue siempre ver tanto a visitantes como a conejeros disfrutar de la belleza virgen de su isla.

En septiembre de 1992, a la edad de 73 años, falleció en un trágico accidente de coche. Ocurrió en una glorieta que desde hacía años él mismo había señalado como sumamente peligrosa, cerca de su antigua casa de Taro de Tahíche. Había donado esta vivienda a la Fundación César Manrique antes de retirarse a Haría. La ironía de su muerte fue que detestaba profundamente la creciente masificación de vehículos en la isla. Hoy la fundación es un conocido punto de interés que acoge a unos 300.000 visitantes al año.

Probablemente, el mayor logro de Manrique resultó ser que, además de sus grandiosas obras de arte y piezas arquitectónicas, fue el responsable de preservar el entorno natural de Lanzarote. Por todos sus esfuerzos en este sentido, fue galardonado con el Premio Mundial de Ecología y Turismo en 1978 y el Premio Europa Nostra por la conservación del medio ambiente en 1986.

Murió demasiado pronto, pero sus logros perviven y aún pueden apreciarse. Hoy en día, muchos isleños lo ven casi como un santo y sus admiradores traen a diario flores frescas a su tumba.

“Hemos comenzado a devolver a la isla su carácter volcánico original, a enfatizar su paisaje único y a mejorar e imponer un estilo claro, sobrio, elegante y popular en su arquitectura”.

César Manrique, 1981