06:52:16 Viernes, 23 Agosto 2019

“Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”.

José Saramago (escritor portugués afincado en Lanzarote)

Mucho antes de que llegaran los primeros marinos europeos a Canarias, las siete islas habían sido habitadas por unos pueblos que recibieron la denominación colectiva de guanches (“guan-” significaría “hombre” y “-che”, “montaña blanca”, en referencia al pico nevado del Teide en Tenerife, según su lengua aborigen).

Sin embargo, en sentido estricto, cada isla posee un nombre específico para sus habitantes: guanches eran los de Tenerife y majos eran los de Lanzarote, que llegaron presumiblemente desde África entre el siglo V y el I a. C.

Estos pueblos vivían en cuevas o casas de piedra, conocían los rudimentos de la alfarería y su dieta estaba basada en la leche, fruta, carne de cerdo y de cabra y el gofio (harina de trigo o cebada tostada). Se cree que también pescaban y recogían lapas. Confeccionaban sus ropajes a partir de cueros y pieles y se cree que eran de constitución fuerte y de piel y ojos claros.

Sin embargo, sigue siendo un misterio la manera en la que llegaron a Lanzarote. Se especula que fueron abandonados en la isla por piratas o expulsados de sus tierras por los romanos o los cartagineses. Una de las teorías más aceptadas es que zarparon del norte de África a bordo de balsas de juncos.

En los siglos que siguieron a la conquista castellana, las islas del archipiélago experimentaron diversas vicisitudes. Lanzarote, que no poseía un puerto apropiado (en contraposición con los de Las Palmas de Gran Canaria o Santa Cruz de Tenerife), no se beneficiaron del tráfico trasatlántico que se desarrolló tras el descubrimiento de América en 1492. En lugar de ello, piratas y corsarios portugueses, ingleses y holandeses enemigos de la Corona Española asaltaron con frecuencia la isla.

Privados de sus hogares y sus campos tras las devastadoras erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX, muchos isleños comenzaron a emigrar a las islas capitalinas de Gran Canaria y Tenerife, escapando de la hambruna. Con el tiempo, muchos terminaron abandonando Lanzarote en busca de una vida mejor en Argentina, Paraguay, Venezuela, México y Cuba.

Actualmente, Lanzarote posee unos 139.000 habitantes y casi la mitad vive en la capital, Arrecife. Esta cifra también incluye un gran número de residentes extranjeros, sobre todo británicos y alemanes. Los lanzaroteños son en su mayoría descendientes de los colonizadores españoles y por lo general suelen tener el cabello oscuro y la piel tostada.

Además, suelen tener opiniones encontradas con respecto a los peninsulares, considerándose más canarios que españoles.

Con un pasado pobre en recursos naturales pero rico en esfuerzos por sobrevivir, las gentes de la Isla del Fuego siempre han vivido en absoluta simbiosis con su entorno. Esta “hermandad con la naturaleza” puede verse en cada rincón de la isla. Normalmente los lanzaroteños están bastante orgullosos de sus orígenes y de su isla, siendo el gran cuidado que otorgan a sus paisajes todo un ejemplo que hace de ellos un pueblo muy concienciado con el medio ambiente.

La mayoría de los residentes es católica y sigue sus tradiciones, como se puede observar durante las festividades religiosas y en especial en Semana Santa, que celebra toda la isla.